El 31 de mayo de 1986 nació la filial de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) de la región de Coquimbo.
Una treintena de escritores acudieron a la sede de Instituto Fernando Binvignat de Coquimbo, en un día frío y nubloso, y en pleno gobierno militar. Había temor. Estaba prohibido reunirse sin permiso previo. No éramos inocentes. Esto traería consecuencias. Y las trajo.
La directiva fue elegida democráticamente, casi como un rito. Quedó compuesta por siete escritores. De aquellos poetas —de esa noche— sobreviven: Viviana Benz, Luis Aguilera y yo. El enviado por la SECH central, Aristóteles España, murió hace algunos años.
La nueva directiva se proponía reencontrar el espíritu fundacional de la literatura de Coquimbo, que encabezaran Nicolás Álvarez, Benjamín Vicuña Solar, Manuel Concha, Gabriela Mistral y una larga estela.
La tarea era dura, ya que el Círculo Carlos Mondaca había consumido su esplendor al comienzo del Gobierno Militar. Un centenar de escritores —a partir de los 50 del siglo XX— habían llevado adelante, por tres décadas, el fervor y fulgor de la literatura coquimbana, incluso postulando al Premio Nacional a Fernando Binvignat.
Fueron claves las labores de Luisa Kneer, Sylvia Villaflor, Roberto Flores, Jorge Zambra, Ana Álvarez, entre otros. Esto fue, indudablemente, espíritu de recuperación del influjo de la literatura de la región de Coquimbo. Incluso, Algunos propusieron un cambio estético incitados por el grupo Los Desencantados, que dirigía Jorge Zambra. Luisa Kneer comprendió muy bien y, en vez de rechazarlos, los premió, y los incorporó.
La aparición de la hornada siguiente (generación 80) en la región fue colectiva, asociativa y democrática. La mayoría han muerto. La primera directiva de la SECH estuvo compuesta por: Juana Baudoin, Bartolomé Ponce, Juan Godoy Rivera, Luis Aguilera González, Raúl Correa, Viviana Benz y yo, como presidente. En los años anteriores, fuimos: Colectivo Preludio, Taller Lapislázuli, Instituto Fernando Binvignat, Colectivo Guayacán.
Algunos nombres fueron importantes en este florecimiento. De los que ya no están: Maruja Foster, Rogelio Bustos, Juan Godoy Rivera, Sylvia Villaflor, Dinko Pavlov, Tristán Altagracia, Susana Moya, Manuel Cabrera, David Aliro González, Ximena Aranda Cañas, Carlos Toro Ponce.
Hoy vivimos una situación incierta en la literatura, donde no hay generaciones existenciales ni siquiera geográficas. No hay dudas que la virtualidad deteriora la convivencia, provocando enajenación y espasmo.

Vivimos tiempos difíciles. Tiempos muy difíciles. No hay utopía visible al frente. Por esto, los poetas están urgentemente convocados a soñar una nueva temporada. Para ello, hay que bajarse del ego, del narcisismo exacerbado, de las ideologías paralizantes y de la vanidad de urraca. Hay que volver a lo colectivo y al comunalismo y desfetichar el mercantilismo en la cultura.
Hay que alejarse de la borra y limpiar la poruña, porque todo lo que no brilla puede ser oro. Y para que no sea como en el final de Cien años de soledad; para que este fin no sea el fin. Que sea, como dice Marcel: “El verdadero viaje del descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”.
Han pasado 40 años. El objetivo de pervivir como colectivo de la primera presidencia se ha logrado. También, el objetivo que esta generación sea parte de la literatura chilena. Se debe cuidar entonces el sentido democrático de la actual presidencia de Héctor Hernán Herrera, porque no solo está en riesgo el no acrecentar el patrimonio del Norte Infinito, sino que, además, seamos arrastrados, como piedra chica por un río grande, por los cuchillos del pozo negro del olvido.