El cáncer de vejiga es un tumor maligno que se origina en las células uroteliales que recubren el interior de este órgano, aunque puede presentarse en cualquier parte de las vías urinarias. En Chile, la tasa ajustada de incidencia es de 8,2 casos por 100.000 habitantes en hombres y 3,1 en mujeres y a nivel nacional, la mayor incidencia se registra en la Región de Antofagasta.
En mayo de 2025, la vida de Don Pedro Rivera, de 58 años, cambio rotundamente tras recibir la confirmación de un diagnóstico de cáncer de vejiga. Oriundo del Valle de Elqui, con una historia familiar y laboral ligada por años al transporte por carretera, la enfermedad irrumpió con la fuerza de una noticia que golpeó tanto a él como a su familia. Desde ese momento, comenzó una seguidilla de decisiones clínicas que avanzaron con rapidez: controles, exámenes y tratamientos que marcaron un antes y un después en su rutina.
Pedro inició quimioterapia y, posteriormente, enfrentó el momento más decisivo de todo el proceso: una cirugía mayor, compleja y prolongada, llamada cistoprostatectomía radical laparoscópica. Para él, esta intervención fue el paso definitivo para tratar una enfermedad agresiva, pero también la posibilidad de acceder a un procedimiento de alta complejidad en el hospital público de su región, acompañado por un equipo especializado que lo orientó y sostuvo en cada etapa del tratamiento.
El procedimiento al que fue sometido no es una cirugía común. Pedro presentaba un cáncer de vejiga músculo invasor, un tipo de tumor que no se limita a la capa superficial, sino que compromete estructuras más profundas, aumentando el riesgo de progresión y metástasis. En estos casos, el tratamiento debe ser oportuno y radical, porque el objetivo es controlar los síntomas y aumentar la sobrevida.
La técnica consiste en la extirpación completa de la vejiga y próstata, además del retiro de ganglios linfáticos, como parte del control oncológico. Sin embargo, el desafío quirúrgico no termina allí: una vez extraída la vejiga, el equipo debe resolver cómo el cuerpo eliminará la orina, lo que obliga a realizar una reconstrucción urinaria, que, en este caso, se hizo con una técnica mínimamente invasiva, lo que es poco frecuente en el mundo.
Al respecto, el doctor Rodrigo Valenzuela, uro-oncólogo del Hospital de La Serena destacó la complejidad de este procedimiento. “Históricamente, esta es una cirugía de alta complejidad, que incluso en centros internacionales de alto volumen, gran experiencia y que tienen manos expertas puede presentar hasta un 25% de complicaciones. En la mayor parte del mundo todavía se realiza por vía abierta, ya que las técnicas mínimamente invasivas, como la laparoscopía o la robótica, siguen en desarrollo, especialmente en nuestro país. En nuestro caso, llevamos un año realizándola completamente por vía laparoscópica, es decir de forma intracorpórea sin una gran incisión, lo que implica una mejor y más rápida recuperación. Estamos satisfechos con nuestro décimo procedimiento y esperamos seguir beneficiando a la comunidad con técnicas de vanguardia”.
POCOS CENTROS DEL PAÍS LA REALIZAN
En este contexto, Pedro fue el paciente número diez en ser intervenido mediante una cistoprostatectomía radical con derivación urinaria intracorpórea laparoscópica, una técnica de altísima complejidad que se realiza en pocos centros del país. La laparoscopía permite operar a través de pequeñas incisiones, utilizando instrumental especializado y una cámara de alta definición, evitando la gran apertura abdominal característica de la cirugía tradicional.
Pero lo verdaderamente innovador de este caso no es sólo la resección por laparoscopía, sino que la fase reconstructiva, la parte intestinal y de derivación urinaria, se realizó completamente por esta vía, dentro del abdomen del paciente, sin abrirlo. Esto exige un nivel avanzado de entrenamiento quirúrgico, coordinación multidisciplinaria y experiencia sostenida en procedimientos oncológicos complejos.
Una alternativa, también, es la cirugía robótica, que aporta beneficios adicionales en precisión y post operatorio. En esa línea, el Hospital de La Serena trabajó en la formulación de un proyecto que permita incorporar este avance tecnológico en la región. Al respecto, el doctor Alexander Andrusco, jefe de la Unidad de Urología del recinto, destacó que “el paciente se encuentra en excelentes condiciones. Sin embargo, este tipo de cirugías son altamente demandantes y de larga duración, ya que la laparoscopía avanzada requiere varias horas de trabajo. Esperamos que, en un futuro próximo, la incorporación de la cirugía robótica nos permita seguir profundizando estas técnicas, facilitando el procedimiento, reduciendo los tiempos operatorios y logrando una recuperación aún más rápida para los pacientes”.
BENEFICIOS PARA EL PACIENTE

Los beneficios de la cirugía mínimamente invasiva se expresan desde el postoperatorio inmediato. En este procedimiento, el sangrado intraoperatorio fue significativamente menor, estimado en alrededor de 400 cc, cifra inferior a la observada habitualmente en cirugías abiertas. Esto reduce la probabilidad de transfusiones y contribuye a una recuperación más segura.
A ello se suma menor dolor postoperatorio, recuperación intestinal más rápida y reinicio precoz de la alimentación oral. Además, se proyecta una disminución relevante de los días de hospitalización: mientras en abordajes abiertos la estadía puede extenderse por 10 a 14 días, con técnica mínimamente invasiva es posible reducirla a menos de una semana. En el caso de Don Pedro, sólo estuvo 5 días hospitalizado.
“La calidad de vida del paciente mejora desde el primer día. En las primeras horas tras la cirugía, al tratarse de un abordaje mínimamente invasivo, el paciente suele requerir menos analgésicos de alta potencia y presenta menos dolor, porque no se realiza una gran incisión”, destaca el doctor Valenzuela.
Tras la cirugía, el tratamiento continúa. El paciente debió recuperar tránsito intestinal, movilizarse progresivamente, tolerar alimentación oral y controlar el dolor para poder ser dado de alta. Luego se inició el seguimiento oncológico, que incluye control con biopsia para confirmar la resección completa del tumor y vigilancia con imágenes periódicas. La detección precoz de recurrencias y el control clínico sostenido son parte esencial del tratamiento integral del cáncer de vejiga músculo invasor.
En este proceso, el cuidado de enfermería cumple un rol importante. La adaptación a una urostomía requiere educación, apoyo y acompañamiento continuo. Al respecto, Camila Zamorano, enfermera de Urología destacó esta labor. “Acompañamos al paciente desde antes de la cirugía y también en todo el periodo posterior. Sabemos que esta intervención implica un cambio de vida, porque la persona queda con una urostomía de manera permanente. Por eso, nuestro rol es educar y apoyar para que logre independencia: aprender a manejar y cambiar la bolsa, realizar una adecuada higiene y cuidado de la piel, reconocer signos de alarma y saber cuándo consultar”.
EL FUTURO
Asimismo, el desarrollo sostenido de la cirugía avanzada permite fortalecer la resolutividad regional y a su vez, abre oportunidades de formación para médicos jóvenes, potenciando trayectorias hacia la especialidad en un contexto nacional marcado por déficit de especialistas.
Para la doctora Andrea Rojas, médica adjunta de Urología, poder presenciar y participar en este nivel de intervención con especialistas de alto nivel aportó en su crecimiento personal. “Ha sido una gran experiencia, primero por el desafío de prestar servicios para la región, pero también por un crecimiento personal muy importante. Ha sido un año realmente nutritivo en ese sentido, a veces uno se detiene a pensar que, como médico adjunto, poder contar con cirugía laparoscópica, junto a urólogos laparoscopistas de alto nivel, es un privilegio”.
La historia de Don Pedro refleja que la innovación no es sólo tecnología: es una forma distinta de enfrentar una enfermedad agresiva, combinando precisión quirúrgica, experiencia clínica y cuidado humanizado.